viernes, 9 de enero de 2009

Odas elementales para un 13 de diciembre



Nada o casi nada es especial en sí mismo, uno lo hace especial; lo construye o lo destruye, traza, corta, confecciona un mundo... Se pueden guardar un montón de cosas en la maleta, en las maletas, en los bolsillos, en la memoria y en el corazón. Al final del viaje nos quedan las cosas elementales, esas que cada quien conserva en alguna casa como quiere y puede.  Pablo Neruda hizo de las cosas elementales: odas; no pudo hacerlo de otra forma pues todo lo que tocaba lo hacía poesía... Quién pudiera guardarse lo elemental en odas como vaivén de olas, como viento y  brisa que huele a caldillo de congrio, a vino y a cebolla... Neruda sabía que no es necesario escalar para alcanzar una estrella, hizo una estrella a la alcachofa de tierno corazón, la encontró en un hilo, en el mar; lo mismo en una tormenta que en un tomate. Descubrió que "el corazón habita en las cosas más sencillas".
LIA
                    

Oda al caldillo de congrio                    

En el mar
tormentoso de Chile                              
vive el rosado congrio,
gigante anguila 
de nevada carne.
Y en las ollas
chilenas,
en la costa,
nació el caldillo
grávido y suculento,
provechoso.
Lleven a la cocina
el congrio desollado,
su piel manchada cede
como un guante
y al descubierto queda
entonces
el racimo del mar,
el congrio tierno
reluce
ya desnudo,
preparado
para nuestro apetito.
Ahora
recoges
ajos,
acaricia primero 
ese marfil
precioso,
huele
su fragancia iracunda,
entonces
deja el ajo picado
caer con la cebolla
y el tomate
hasta que la cebolla
tenga color de oro.
Mientras tanto
se cuecen
con el vapor
los regios
camarones marinos
y cuando ya llegaron
a su punto,
cuando cuajó el sabor 
en una salsa
formada por el jugo
del océano 
y por el agua clara
que desprendió la luz de la cebolla,
entonces
que entre el congrio 
y se sumerja en gloria, 
que en la olla 
se aceite,
se contraiga y se impregne.
Ya sólo es necesario 
dejar en el manjar 
caer la crema 
como una rosa espesa, 
y al fuego 
lentamente 
entregar el tesoro
hasta que en el caldillo
se calienten
las esencias de Chile,
y a la mesa 
lleguen recién casados 
los sabores 
del mar y de la tierra
para que en ese plato
tú conozcas el cielo. 

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